Góngora y las monjas
En agosto de 1602, con el teatro a medio hacer, las monjas del convento de la Encarnación se quejaron del ruido que iba a traer. El Cabildo de la Catedral nombró a dos eclesiásticos para estudiarlo. Uno era el poeta Luis de Góngora, y el dictamen dio la razón a la ciudad.
Nueve palcos con llave
Cada palco tenía su cerradura y una tablilla de madera con su número. En teoría las llaves volvían al corregidor después de cada función, para que nadie acaparase los mejores sitios. Uno llegó a ser del fiscal de la Inquisición y otro, de los canónigos de la Catedral.
El secretario que no quiso pagar
En octubre de 1663 el corregidor ordenó que pagaran todos, sin excepción. Días después, un secretario de la Inquisición cruzó la puerta sin pagar y, ya en el zaguán, alegó su privilegio. El asunto enfrentó a la Inquisición con la ciudad, llegó a Madrid y se resolvió a favor de la ciudad.
Una comedia de 500 ducados
En enero de 1691 Miguel de Castro pidió más de 500 ducados para representar «El mérito es la corona», de Agustín de Salazar y Torres. Era una comedia «de mutaciones»: tantos cambios de decorado que había que ampliar el escenario. El rótulo de El Mérito lleva su título.
El sermón que cerró el teatro
En octubre de 1694 el arrendador pidió traer una nueva compañía. El padre Posadas se presentó en el Cabildo, habló contra las comedias y volvió días después con su discurso por escrito. El 11 de octubre la ciudad las prohibió «ni ahora ni en adelante». Diez años después, el teatro se derribó.